Argentina la tiene, ya está, llega el empate y... nada. Todos se ponen de pie, deforman sus rostros a fuerza de muecas amargas, estrellan los puños contra la mesa y se vuelven a sentar. Todos menos María José Assa. Ella se levanta y sale apurada del salón. En el barrio Soeme hay una nena descompensada y la ambulancia tiene que llegar cuanto antes. En la Dirección de Emergencias no hay arranque de Messi ni remate de Higuaín que valga cuando suena el teléfono y se anuncia una urgencia. Por eso, la tensión reparte piñas por partida doble: pega desde el televisor y revolea golpes desde la sala en la que se reciben los llamados.

Minutos antes del inicio del encuentro, un par de gaseosas y un mate dulce con un dejo a menta adornan el espartano comedor de la dependencia provincial. De a poco, las ambulancias que estaban en la calle comienzan a detenerse en el inmenso playón ubicado junto al helipuerto. Los hombres vestidos de verde que las conducen se acomodan alrededor de las mesas mientras comparten bromas y vasos con gaseosa.

La obstetra Liliana Soldán mueve las piernas, hace temblar el banco y transmite sus nervios a todos los que están sentados junto a ella. "En cuanto empieza a jugar Argentina se reducen mucho las emergencias, porque no hay nadie en la calle. Por ahí tenemos que salir a ver a algún infartado o a alguien con angina de pecho. En realidad, el movimiento empieza cuando termina el partido", explica sin sacar la vista del televisor.

Argentina empuja y empuja, pero no puede empatar. La practicante María José se acaba de ir; por suerte, las ambulancias tienen radio. "Lo que nos diferencia de Brasil es que nosotros vamos perdiendo, pero seguimos buscando el gol; a ellos los empataron y se vinieron abajo", analiza el chofer José Rueda durante el entretiempo. Inmediatamente aclara que la mañana está tranquila. "Es por el partido", agrega. "Hay veces en que el estacionamiento está vacío, porque todas las ambulancias salen a la calle. En el verano hubo un día lleno de accidentes, peleas y crímenes; tuve que trasladar a varios muertos en menos de tres horas; entonces, la llamé a mi mujer y le dije que no saliera a la calle porque el diablo andaba suelto", recuerda mientras se dispone a ver el segundo tiempo.

María José vuelve con cara de frustración: no sólo le duelen los goles que recibe Argentina, sino también el viaje al vicio que hizo. La nena descompensada no existía; aparentemente -como pasa siempre- alguien llamó e inventó una urgencia.

Argentina pierde 4 a 0. El practicante Lucas Casadei mira el partido desde el patio. Su expresión lo dice todo: está rogando que el teléfono suene cuanto antes y que alguna emergencia lo arranque del televisor, de la tortura y de la humillación.